Hoy peleé con dos hojas de castaño contra una niña de siete años que esgrimía las mismas armas. En la derecha blandíamos una hoja recién caída de los árboles, verdosa y con algo de savia aún, en la izquierda una hoja seca, de color siena y quebradiza.

Reíamos, ella me gritaba "¡gamberro, gamberro!", y yo soltaba toda clase de onomatopeyas aprendidas de los dibujos japoneses que veía cuando tenía aproximadamente su edad.

Para ella fue sólo un juego, para mi unos minutos de libertad. Siempre he envidiado a los niños, porque pueden gatear por los andenes ladrando, o extender sus brazos y planear esquivando a la muchedumbre como si fueran montañas, mientras los "adultos" esperamos el tren, taciturnos, mirando la hora, haciendo parecer los apeaderos un hormiguero atestado y silencioso.

Es difícil ser alegre, frecuentemente te toman por loco o embriagado.

Envejecer representa la muerte o deterioro progresivo de las células y órganos que componen nuestro cuerpo, pero también puede significar la pérdida progresiva de la creatividad, de la expresión de los sentimientos, anquilosar nuestro comportamiento reduciéndolo a todo lo socialmente aceptado para la figura de ese "hombre/mujer adulto" maniatado a quien únicamente le está permitido desmelenarse en las rebajas, donde el griterío y la carrera está permitida porque produce un beneficio económico.